Hallar el principio de una historia suele ser más difícil que inventar la historia misma, y cuando lo haces piensas que seguramente pudiste haber creado un mejor inicio, o tal vez el inicio siempre haya existido, después de todo el inicio es lo primero, pero encontrarlo nunca ha sido sencillo. El inicio es un misterio pues nunca sabes con precisión dónde y cuándo se dio el origen.
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Rayaba y rayaba, todo lo que de él salía era arte, todo era vida, todo era espíritu. Grafito era feliz entre los dedos de Sofía. Ella lo llevaba a todas partes junto a su libreta, escondidos entre su abundante cabellera roja, ondulada y revuelta como sus incomprensibles pensamientos, solo los sacaba de allí al momento de la ducha, es decir, una o dos veces cada semana. Sofía era una chica especial, para ella era indispensable tenerlos siempre a la mano, pues nunca sabía en qué momento podría encontrarse con un rostro de expresiones llamativas que no quisiera olvidar nunca, una frase con alma, un sueño loco, una idea fugaz, una imagen mágica, un color indescriptible o una aroma que plasmaría en palabras.
Sentía especial predilección por inmortalizar en su libreta la imagen de personas que probablemente no volvería a ver. Estos bocetos fugaces los guardaba en un cofre bajo su cama, allí donde también guardaba sus fotos, las cartas de un amante anónimo, y sus recuerdos más especiales en frasquitos de cristal, pues su libreta era solo la memoria de sus ojos.
En un día oscuro, uno de esos grises y tristes en los que no cae una sola gota de lluvia, como si el cielo reprimiera sus ganas de ahogarnos en llanto, Sofía y Grafito recorrían la ciudad en el interior de un bus, como solían hacerlo aquellas veces que Sofía deseaba olvidar su mundo y sumergirse en la sociedad. De repente vio por un pequeño instante uno de esos rostros que instintivamente se tentaba a dibujar. Formado por rasgos imperfectos pero que funcionaban entre sí. Un rostro de esencia mágica, de labios pequeños, de mirada fría y misteriosa que incitaba a ser leída y cabellos largos sutilmente organizados, un hombre enamorado, tal vez.
Sofía sacó su libreta y su lápiz negro de entre su rizada cabellera y comenzó a contornear su barbilla, sus orejas pequeñas casi invisibles bajo aquella oscura melena, y en ese momento sucedió algo que nunca debió pasar, Grafito se sintió débil por un momento, su punta se rompió. Eso no podía ser posible, Sofía sabía que en menos de un minuto olvidaría la perfección de aquel personaje, asa imagen se perdería en el olvido ¡rayos! Buscó rápidamente un sacapuntas entre sus cabellos, sabía que estaba allí en algún lugar entre algún buen par de rulos. No lo encontró. Su tez inalterable cambió, la rabia la invadió y llegó hasta sus pecosas mejillas, luego, en un impulso desesperado, lanzó a Grafito por la ventanilla.
Grafito voló unos cuantos metros, fue solo un instante pero para él fue eterno, luego se clavó en una dura manzana verde. Estaba pasmado y totalmente confuso, no podía entender lo que acababa de pasar. Había visto el rostro alterado de Sofía pero nunca se imaginó que fuera a actuar de esa manera. Luego de unos segundos reaccionó. Estaba rodeado de frutas de todo tipo, manzanas, uvas, fresas, melones, ciruelas ¡la carreta de un vendedor de frutas! ¡Demonios! ¿Sofía dónde estás? Intentó escapar pero su prisión manzanil no lo dejó rodar fuera de allí. Aquel hombre de unos 44 años lo vio luego de unos instantes –Que bandidos son los niños de ahora- se dijo a si mismo dentro de su sudorosa cabeza, luego tomo la manzana, le sacó el lápiz, la volvió a colocar en el lugar en el que estaba con el agujero hacia abajo y luego le sacó punta a Grafito con un cuchillo. Desde ese momento Grafito fue usado para hacer cuentas, anotar precios, realizar inventarios, recordar deudas, rascar espaldas y resolver sudokus en los momentos de descanso del vendedor.
Grafito comenzó a odiar: odiaba estar entre la oreja y la grasienta cabeza, odiaba estar entre aquellas manos untadas de dinero, frutas y calle, odiaba sentir el ruido de los carros, odiaba las fresas, odiaba que le sacaran punta con cuchillo, odiaba a aquel hombre y a su cruel destino lejos de las suaves manos de Sofía.
Sofía se encontraba sobre su dura cama, tan dura como el capó de un auto. Estaba alterada, en los últimos días intentó dibujar y escribir con todo lo que pudo encontrar: colores, marcadores, vinilos, tizas, crayolas, todo tipo de lapiceros y lápices, y hasta con carbón, pero irremediablemente nada de esto era tan práctico, cómodo, ni tenían tan buen, fino y suave trazo como su lápiz negro arrojado por la ventanilla de un bus. Al día siguiente de tan vil suceso volvió al lugar donde había arrojado a Grafito, buscó por todos los rincones, bajo cada hoja, bajo los pies de las personas, en la boca de los gatos, puso letreros con su foto, entrevistó a cada cosa en movimiento, pero sus esfuerzos fueron en vano. Tampoco olvidó ese rostro perfecto, los últimos tres días Sofía se quedó hasta el anochecer en aquella concurrida esquina donde lo había visto, pero solo encontró miradas curiosas y perfumes baratos. De ellos solo conservaba una punta negra y un dibujo incompleto los cuales observaba ahora con melancolía sobre su almohada. Los guardó en el cofre y luego de contar mil o dos mil estrellas se quedó dormida.
Grafito no resistió más, y en un descuido del vendedor saltó a la bolsa donde este le empacaba unos cuantos puñados de uvas a una señora gorda. Allí se quedó en silencio por un buen rato esquivando la mano que entraba a robarse una uva de vez en cuando. Pronto se encontró quieto en algún lugar, una casa con aroma a anciano, cualquier cosa es mejor que el olor de la calle. Allí se quedó dormido. Ya estaba de noche, ahora se encontraba sobre un escritorio, bajo una lámpara hirviente, podía sentir como se tostaba su madera y se ablandaba su borrador. Ese olor, definitivamente seguía en la misma casa. Unos instantes después entró alguien a la habitación, era joven y poseía unos rasgos definitivamente parecidos a los de aquella señora gorda. El joven tomó a Grafito y continuó escribiendo lo que parecía ser una carta, el papel tenía un olor agradable, era una carta de amor ¡Qué suerte! Grafito nunca había tenido la
oportunidad de escribir una carta de ese tipo. Trató de leer un poco, pero no parecía tener el nombre de nadie en sus renglones, solo versos hermosos, como no los había leído nunca. Después de escribir la última palabra el joven guardó a Grafito y a la carta en su bolso, apagó la lámpara, se acostó, pensó un poco y luego se durmió.
Se cepillaba los dientes mientras caminaba por la casa. Sofía vio como una de esas cartas anónimas pasaba bajo su puerta, corrió para ver quien había sido pero él desapareció como si nunca hubiera estado allí. Sofía abrió la carta y no pudo creer lo que veía: esas líneas, ese negro intenso, esa textura, la delicadeza del grano -¡Él tiene mi lápiz!-
…y hay miradas que hablan
Miradas de burla
Miradas que matan
Miradas que ríen
Miradas que no quieren ser olvidadas
Miradas que aman
Miradas que besan
Y otras que desean
También hay miradas frías
Miradas vacías
Miradas que extrañan
Miradas que expresan algo que no sienten
Miradas ausentes
Miradas que ignoran
Miradas silenciosas
Y miradas que tan sólo son miradas.
Dar un paso. No hay nada más difícil que decidirse a dar un paso. Todo tiembla, el miedo acecha, el miedo corrompe la mente, el miedo amarra los latires.
Si no me atreviera a caminar no tendría el valor de llegar sonriendo a mi muerte.
El humo. Sólo los pasos y el ruido, las voces sobran. No hay silencio, en realidad nunca callas. Cada inhalación es un anhelo, cada segundo de quietud es una lágrima, una idea, cada exhalación es un adiós, cada mirar es un vivir.
Se aleja despacio y desaparece, nunca existió, efímero, como las personas, como los sentires, como los besos, como los placeres. Sólo cenizas.
Este es un cuento que narra una historia amor, como muchas otras historias de amor… pero esta esta contada desde el punto de vista de dos almas diferentes.
El chocolate no siempre es dulce…
Ojalá les guste :3
Link al cuento: Chocolate y Cigarrillos
Me pregunto si las moscas sentirán miedo, a si tan solo se limitarán a huir instintivamente
Jesús estuvo conmigo, pero no Jesús el de la tienda, ni el reconocidísimo presentador de noticias y mucho menos el papá del cuñado del amigo de un amigo, estoy hablando de ese Jesús al que todos conocen y piden mejoras en su bienestar y en el de sus seres queridos, sí, ese Jesús de la biblia, el de la iglesia, el Jesús al que celebramos su nacimiento todos los 24 de diciembre, el de las camándulas, el hijo de María quien derramó su sangre por el amor que tiene por todos los seres vivientes.
Esto ocurrió luego de que recibió todas las oraciones, peticiones y gracias de semana santa al finalizar la última misa de aquel domingo de resurrección. Él decidió venir de visita a la Tierra, hacia mucho tiempo que no tenía la oportunidad de sentir este suelo con sus propios pies. Pero quería pasar desapercibido, no deseaba rodearse de paparazis y seguidores, así que entró, con permiso obviamente, al cuerpo de una mujer vieja que se estaba quedando dormida en aquella última misa de semana santa.
La mujer que llevaba en su interior a Jesús era mi madre, quien muy extrañamente llegó 4 horas tarde ese día. Al llegar a casa actuaba de forma extraña, como si todo la sorprendiera, su dulcísima voz sonaba unas cuantas octavas diferente, parecía un poco menos jorobada de lo normal, actuaba con una sutil gracia y amor que ya había dejado abandonadas unas 3 décadas atrás y, además, de vez en cuando se le escapaban unas cuantas oraciones en latín, Él juraba que no me daría cuenta.
Toda esa semana se quedó con nosotros, desayunaba su arepa con quesito como si fuera la más exquisita comida de todo el universo y olía el delicioso aroma de su café por al menos 10 minutos antes de probarlo. Salía a caminar todos los días y yo, de lejos, podía ver como hablaba con todo aquel que se cruzara en su camino, incluyendo perros, gatos, y unos cuantos robles. Pobre, allá en el cielo no debe tener la oportunidad de disfrutar todo esto, así que tuve una gran idea y antes de que se fuera llevé a mi madre a un parque de diversiones. Los juegos, la felicidad, la emoción, la adrenalina, el temor, la satisfacción, todas esas emociones que vi en su rostro aquel día son indescriptibles.
Supe que Él ya se había ido un día en el que llegué a casa luego de un largo día de trabajo y encontré a mi madre en el sillón de la sala frente al televisor, dormida y con la boca abierta, todo volvió a la normalidad.
Sé que hice de su estadía algo gratificante y Él está leyendo esto con una amplia sonrisa de complicidad.
Es una noche fría, salgo al balcón solo para asegurarme de que estás allí, en tu ventana, donde siempr
e solías estar antes cuando nos conocíamos. Desde esa ventana hasta mi balcón, tu de un lado y yo del otro, se transmitían las miradas frías y desinteresadas de un par de desconocidos, pero con el tiempo y por un quién sabe qué de la vida esas miradas adquirieron sentido y forma, es como si hubieran obtenido un alma, aunque aun tenían un sutil manchón de duda. Pronto la duda se transformó en curiosidad, en deseo, en ansias, y las miradas se transformaron en palabras, sí, recuerdo la primera vez que escuché tu voz, dulce, tierna. Aquella vez hablamos con tal desenvoltura que cualquiera hubiera creído que nos conocíamos desde hace meses, o tal vez años, aun así descubrí que no teníamos nada en común, tú deseabas el triunfo y el profesionalismo, pero mi mente solo pensaba en vivir y disfrutar del camino.
A pesar de ello las llamadas no cesaron: una, dos, tres semanas, 1 mes y otro par, de a poco descubrí tu interior, cada secreto de tu vida me lo contaste, yo prefería callar y escuchar todo lo que tenías para decirme, suelo tener ese efecto de confianza en las personas, pero contigo era mejor. Me hice cómplice de tus deseos, de tus locuras, de tu música incompatible conmigo y de tus errores, errores que al final pagaría caro. Aprendí a amar la forma en que reías, tu humor barato, tus errores gramaticales y nuestras burlas mutuas.
Como era de esperar no nos pudimos limitar a las miradas y las palabras, el tacto ahora estaba uniéndonos, y cuando nuestras manos por fin estuvieron juntas llegaron los besos. Juntar nuestros labios era algo indescriptible, era gratificante y adictivo, como pequeñas dosis de felicidad. Te contagié de mi alegría, de mis pensamientos, de mi forma de ver el mundo. Esos fueron momentos en los que creí que a pesar de tus defectos, los cuales tenía muy claros, podría llegar a sentir algo, pensé que podría confiar en tus palabras, creí empezar a amarte, o al menos lo intenté.
Todo terminó rápido, y solo me quedaron los recuerdos de los abrazos, las caricias, las miradas, las risas juntos, y un par de cicatrices que intento sanar. A veces el deseo de recordar tu mirada se apodera de mí, por eso hoy, en esta fría noche, estoy en mi balcón pero, como creí, tu ventana está cerrada.






